2.2.09

Publicado en Go en Enero de 2008

Mejor disco del año 2008 según la revista Go:
Fleet Foxes, "Fleet Foxes"



A algunos les parecerá que Fleet Foxes suenan tan vetustos y rancios que, de quererlo, podrían defender el título de mejor disco del año hoy y en 1968. Lamentablemente, el disco ha salido este año y su mérito resulta tan incontestable que su lugar en las listas no admite peros. Mal les pese a muchos, el quinteto de Seattle ha conseguido auparse al número uno con una destreza propia de malabaristas. Sorteando todos los obstáculos, apostando por el más difícil todavía en un triple salto mortal al que sólo pueden aspirar las mentes más ambiciosas, “Fleet Foxes” (Sub Pop/Bella Union/Nuevos Medios, 2008) ha arrancado un aplauso unánime y estruendoso del respetable con un sonido totalmente único que sin embargo les sonará familiar. En una muestra de verdadero talento creativo la banda ha logrado lo que otros han intentado muchas veces antes: digerir, asumir, reproducir influencias notables sin perder ni un ápice de dignidad y estilo. Ante tal hazaña el público enloquece y sus aullidos entusiastas ensordecen a propios y extraños; su debut copa las listas de lo mejor del año aquí y en la China mandarina con su intemporal mezcla de folk, rock y americana; la gente les jalea por la calle al pasar; en todos los ipods del mundo suena “White Winter Hymnal”; los hombres se dejan barba y los niños cantan “Mykonos” en el cole. No es para menos.
Este ha sido un año caracterizado por el aluvión de novatos, debuts y, en algunos casos, de verdaderos niñatos que han llenado de energía el mustio panorama rock con Robin Pecknold a la cabeza con apenas veintidós añitos. Juventud o inconsciencia, vete tu a saber, pero el hecho es que la banda, mostrando un absoluto desprecio por las normas del juego, ha entregado una obra mayúscula a las primeras de cambio. Con una voz tremendamente característica y poderosa, Pecknold se adentra en las raíces del pop, el rock y la psicodelia en una imposible combinación de aridez y delicadeza en piezas como “Tiger Mountain Pleasant Song” o “Blue Ridge Mountains” y ascendiendo al Olimpo con demostraciones de fuerza a lo fita heróica en “English House”.
Appalachian folk, folk inglés, folk americano, rock sureño, indie del de casa, Brian Wilson a punta pala y Simon&Garfunkel por doquier… Aquí tienen cabida mil y una influencias, tan obvias y discernibles que apenas pueden considerarse como tales. Nada importa, el saqueo es fructífero. Lo que pesa al final son unas canciones maravillosas y conmovedoras que, unidas en este debut brillante, se convierten en el compañero más fiel de un invierno intenso, detallista y maravilloso al mejor estilo navideño. Divino y glorioso. Aplaudan.